Durante semanas estuvimos moviéndonos por España con nuestra camper, una compañera de viaje que compramos soñando con horizontes lejanos. La libertad de la carretera tenía su encanto: amaneceres distintos cada día, pueblos que parecían detenidos en el tiempo, montañas que te obligaban a guardar silencio. Pero, por muy hermoso que fuera todo aquello, había una sensación que no nos abandonaba: algo dentro de nosotros seguía sin encontrar su sitio.
Mariel y yo llevamos años con una misma pregunta: ¿cómo encontrarnos con Cristo de una manera que sea verdadera, que toque la vida, que no dependa de discursos ni de teorías? Esa búsqueda nos ha acompañado siempre, a veces como un fuego sereno, otras como una herida abierta. Y aunque hemos ido avanzando, sentíamos que aún faltaba una pieza.
Un día, mientras rezábamos vísperas con las monjas carmelitas, comprendimos que no bastaba con seguir buscando para nosotros mismos. Había algo más profundo llamándonos. ¿Cómo compartir el amor que nos ha sostenido durante tantos años? ¿Cómo ponerlo al servicio de algo más grande que nuestra propia historia?
Sin pensarlo demasiado, empezamos a visitar monasterios cistercienses y carmelitas que encontrábamos en nuestro camino. Aparcábamos la camper cerca, asistíamos a los rezos y dejábamos que el silencio hiciera su trabajo. Y allí, entre salmos y campanas, sentimos una claridad que no habíamos encontrado en ningún otro lugar. Aquello sí nos llenaba. Aquello sí nos hablaba.
Pero esa luz venía acompañada de una sombra. Muchos de esos monasterios estaban casi vacíos, sostenidos por comunidades agotadas por la edad y el paso del tiempo. No se trata de juzgar qué se hace con los edificios cuando ya no hay quien los habite. Lo que duele es ver cómo se apaga una tradición que ha sido refugio para tantos. Yo mismo lo viví.
A los veinte años, cuando mi familia se rompía y yo no sabía cómo seguir adelante, un monasterio de Galicia me abrió sus puertas. Allí encontré descanso, escucha y una paz que no había sentido nunca. Aquellos meses me salvaron la vida. Por eso sé, desde dentro, lo que significa que un monasterio permanezca vivo.
Un monasterio no es solo un lugar donde unos pocos viven su vocación. Es un faro para quien está perdido, un espacio donde la vida vuelve a respirar. Es una forma concreta de hacer presente el Reino de Dios aquí, en esta tierra, en esta historia.
Y ese Reino no es una idea abstracta. Es la posibilidad de una sociedad donde cada persona tenga un lugar, donde nadie quede descartado, donde se pueda vivir con dignidad sin miedo a guerras absurdas ni a cargas injustas. Un mundo donde la vida sea respetada y cuidada.
Tras visitar varios monasterios en La Rioja, llegamos a uno de carmelitas en el País Vasco. La pregunta que nos acompañaba desde hacía semanas seguía ahí, insistente, casi como un susurro que no se apaga. Y una mañana, en medio del rezo de laudes, llegó la intuición que lo cambió todo:
¿Y si existiera una forma de vivir la espiritualidad monástica sin renunciar al matrimonio?
La idea parecía imposible, pero tenía una fuerza que no podíamos ignorar. La llamamos matrimonios monásticos. Cuanto más la pensábamos, más sentido tenía. Era como si toda nuestra vida hubiera estado preparándonos para ese momento.
Decidimos ofrecer nuestra vida al Señor, sin saber adónde nos llevaría, pero con la certeza de que Él sabría qué hacer con nuestra torpeza.
De ahí nació este pequeño manifiesto:
Compromiso maduro para una misión de esperanza
El objetivo de esta iniciativa no es crear algo nuevo, sino sumarse con humildad y generosidad al camino ya trazado por las comunidades monásticas existentes. Se trata de apoyarlas, fortalecerlas y, cuando sea necesario, habitar aquellos monasterios que hoy se encuentran vacíos o en riesgo de desaparecer, para que no se pierda el legado espiritual que han custodiado durante siglos.
No se propone asumir votos en el sentido tradicional, sino vivir un compromiso maduro, libre y profundamente cristiano, basado en el respeto a las condiciones particulares de cada comunidad y en la voluntad de integrarse con sencillez, obediencia y espíritu fraterno.
Esta llamada es para quienes, desde la madurez de la vida, sienten que aún tienen mucho que ofrecer. Personas que, habiendo recorrido el camino del matrimonio —ya sea en pareja o en viudez— y gozando de autonomía económica (bien por recibir una pensión o por tener un trabajo compatible con la vida en comunidad), desean entregarse sin reservas, vivir en comunidad, y ser testigos del Evangelio en medio de un mundo que clama por luz, consuelo y sentido.
Es una propuesta que nace del corazón de la Iglesia, como respuesta a la necesidad de reavivar la llama monástica, no con estructuras rígidas, sino con vidas disponibles, corazones abiertos y manos dispuestas a servir. Es una invitación a ser semilla del Reino, a transformar el silencio de los claustros vacíos en canto, oración y acogida.