Simón de Cirene quiso acompañar a Jesús
Simón venía del campo, con el polvo pegado a las sandalias y contento por tener trabajo y poder llevar el pan a su familia. El cuerpo dulcemente cansado, pero satisfecho. La vida, dentro de lo que cabe, seguía su cotidianeidad.
Hasta que lo cotidiano dio paso a lo inesperado.
Vio a los soldados abriéndose paso. Y a un hombre cargando con una cruz.
El condenado estaba muy mal. La cara tan hinchada que casi no se reconocían los rasgos, los labios partidos, la sangre seca adherida en placas sobre la piel. Respiraba con esfuerzo, como si cada bocanada fuera una lucha entre seguir o rendirse. Costaba mirarlo de frente sin que algo por dentro pidiera apartar la vista.
Sintió un rechazo inmediato, casi automático. Ese impulso tan humano de apartarse cuando el dolor del otro se vuelve demasiado visible. Una voz interior le repetía: “mejor no mires”, “no te acerques”, “no te metas”. Acercarse significaba dejar que aquello le tocara por dentro, y a nadie le gusta cargar con un sufrimiento que no es suyo.
Entonces un soldado lo señaló. Sin explicaciones. Una orden seca, imposible de discutir. Antes de que pudiera reaccionar, ya lo estaban empujando hacia el madero. Le agarraron del brazo y le dejaron caer la cruz encima.
El golpe lo dejó sin respiración. Más que por la madera, por lo que implicaba. Era como si, de repente, le hubieran colgado sobre los hombros una historia que no le pertenecía.
No pudo contener su rabia:
“Yo no he hecho nada.”
“Yo no soy de estos.”
“¿Por qué yo?”.
A cambio recibió un latigazo del soldado y la orden de que se callara e hiciera su trabajo. Apretó los dientes y obedeció, maldiciendo en su interior la mala suerte que había tenido.
Pero a los pocos pasos ocurrió algo que le pilló por sorpresa.
El hombre giró la cabeza y lo miró.
Reflejaba cansancio y dolor, pero también paz y agradecimiento, y sintió algo inesperado: se sintió acogido. Como si, de pronto, fuera parte importante de la escena. Como si aquel hombre, sin decir nada, le hubiera cedido un sitio en algo que él no había elegido, pero que empezaba a sentir como propio. Y entonces lo comprendió: Jesús lo necesitaba para no caminar solo.Y empezó a sentir compasión y respeto por él.
A Simón le habían enseñado que Dios premia al que cumple y castiga al que falla. Y allí tenía delante a alguien que parecía inocente… tratado como el peor. La ley estaba haciendo lo que hace cuando se vuelve ciega: aplastar sin escuchar. Y, aun así, ese hombre no devolvía golpe por golpe.
Simón ajustó el madero en el hombro. Sintió cómo la madera le quemaba la piel, el tirón en la espalda, el dolor en las manos. A estas alturas ya sabía que no estaba cargando solo con un objeto, sino con el destino de un inocente. Y que ese destino, de algún modo, no era solo del condenado. Ahora era suyo también.
El condenado tropezó y cayó. Simón le ayudó y sostuvo más fuerte, como si quisiera cargar con todo el peso y aliviar un poco a aquel inocente.
Ahora ya no se trataba de “ayudar al pobre hombre”. Se trataba de caminar con él, paso a paso, hasta el final, porque lo quería y lo deseaba. Y Simón sintió que despertaba a una realidad que derribaba todas sus creencias: la de entregar su vida por amor.
Se asustó. Le vinieron ganas de soltar, de apartarse, de volver a ser espectador. Pero ya era demasiado tarde, algo en él había cambiado. Ya no era el mismo que hacía solo unos instantes. Ahora estaba allí porque lo había elegido.
Llegaron al lugar.
Le arrancaron el madero a golpes. Lo apartaron como se aparta a un instrumento ya usado. Simón dio un paso atrás, respirando fuerte, con el hombro ardiendo y las manos temblando. Podía irse. Nadie lo retenía. Era el momento perfecto para desaparecer.
Pero se quedó.
Miró al hombre al que acababa de acompañar. Vio que lo trataban como se trata a un criminal. Vio el hierro. Vio el madero levantado. Vio el cielo indiferente. Y en medio de ese horror, entendió algo sencillo y profundo:
Que aquel condenado había aceptado la condena para ponerse al lado de los hombres en su sufrimiento, en sus problemas, en la cruz de cada día. Y que, al hacerse hombre y amar hasta el extremo, necesitaba también de la presencia de aquellos que amaba. El, hijo de Dios, anhelaba estar con sus hermanos los hombres. Los estaba poniendo a su mismo nivel. No es un dios que está arriba lejos del hombre. Es un dios que está al lado del ser humano, en igualdad de condiciones. Escandaloso contraste este con los conceptos de clericalismo y autoritarismo que asoman a veces en nuestra amada iglesia católica.
Volvió a su vida. Pero ya no era la misma.
Y desde aquel día, cada vez que escuchaba hablar de Dios como un juez que castiga o como alguien que exige al hombre cumplir leyes para salvarse, Simón sonreía para sí y dejaba escapar un suspiro. Porque él había descubierto otra cosa: que Dios estaba en el camino, en el peso compartido, en el condenado acompañado, y en ese escandaloso “hoy estarás conmigo en el Paraíso” que el buen dios ofrece a todos los hombres, sin condiciones, sin leyes, sin mediadores. Simplemente porque ama al hombre y anhela estar con él.
Señor…
aún siento en mis hombros el peso de tu cruz,
y no sé si fue más pesada la madera
o la mirada con la que me pediste que no te dejara solo.
Yo no te buscaba.
No te esperaba.
No sabía quién eras.
Y, sin embargo, cuando me miraste,
algo en mí se abrió sin querer.
Algo que llevaba años dormido.
No entendí nada,
solo que me necesitabas.
Y que, por un instante,
yo también necesitaba estar contigo.
Señor, enséñame a no huir
cuando el dolor de otro me asuste.
Enséñame a quedarme,
aunque no sepa qué hacer,
aunque me tiemblen las manos,
aunque mi corazón quiera escapar.
Porque aquel día descubrí
que tu fuerza no está en imponerte,
sino en dejarte acompañar.
Que tu grandeza no está en estar por encima,
sino a nuestro lado,
a la misma altura,
con la misma herida.
Y ahora te lo digo despacio,
como quien habla desde un lugar muy hondo:
quédate conmigo en mis cruces de cada día,
y dame la gracia de quedarme yo también
en las cruces de los demás.
Que no me acostumbre a un Dios lejano,
ni a un amor que no toca la tierra.
Hazme recordar siempre
que te encontré en el camino,
sudando, cayendo, necesitando ayuda,
y que allí, sin saberlo,
me enseñaste quién eres.
Y si alguna vez vuelvo a olvidarlo,
si vuelvo a pensar que te busco en templos altos
o en leyes que pesan,
recuérdame aquella tarde,
tu rostro herido,
tu silencio agradecido,
y el milagro sencillo de caminar contigo.


