Parábola del hijo no pródigo
(lectura incómoda para el poder)
Un padre dice a sus dos hijos:
“Ve a trabajar a la viña”.
El primero responde sin dudar: “Sí, iré”.
Tiene las palabras correctas, el tono adecuado, la obediencia en la boca.
Pero no va.
El segundo responde con honestidad: “No quiero”.
No quiere prometer nada que no pueda cumplir, y no necesita quedar bien con nadie.
Pero al final va.
Esta parábola no habla de moral.
Habla de poder.
El hijo que dice “sí” representa a quienes ocupan los lugares altos: los que tienen autoridad, seguridad, reconocimiento. Los que viven instalados, protegidos de la intemperie de la vida. Los que nunca se juegan el pan del día siguiente, ni el techo, ni la dignidad. Desde ahí dicen “sí” a Dios con facilidad, porque su “sí” no cuesta nada.
Son los que se presentan como guardianes de la voluntad divina. Los que deciden quién puede hablar en nombre de Dios y quién debe callar. Los que dictan normas sobre cuerpos que no son los suyos, sobre conciencias que no conocen, sobre vidas que nunca han tenido que vivir. Dicen “sí” a los mandamientos, “sí” a la doctrina, “sí” a la ley… pero no pisan la viña. No cargan el peso del sol. No se manchan las manos.
Dicen que van, pero no van.
Su “sí” es cómodo.
Es un “sí” pronunciado desde el trono, no desde el barro.
Es un “sí” sin riesgo, sin pérdida, sin encarnación.
El otro hijo es distinto. Vive abajo. Vive en la precariedad. No puede permitirse palabras limpias ni promesas solemnes. A veces no cumple. A veces falla. A veces hace lo que puede para sobrevivir, no lo que debería según los manuales morales escritos desde despachos seguros. Por eso dice “no”.
Y, sin embargo, ese hijo acaba yendo a la viña. Va como puede. Tarde, cansado, sin méritos. Va porque su vida, aunque desordenada, no está separada de la realidad. Va porque es fiel, y auténtico, y compasivo… y no puede dejar a su padre en la estacada.
Aquí está el escándalo de la parábola:
los que dicen “sí” desde el poder no hacen la voluntad del Padre,
y los que dicen “no” desde la fragilidad, la cumplen siempre que pueden, y cuando no pueden es porque no llegan, porque se han quedado sin aliento, porque su debilidad es tan grande que les impide dar un paso siquiera …
Jesús no coloca esta historia para consolar a nadie. La coloca para desenmascarar. Para dejar claro que la autoridad religiosa es perfectamente compatible con la infidelidad, y que la precariedad moral puede convivir con la fidelidad real.
El problema no es fallar.
El problema es no ir nunca.
El problema no es decir “no” alguna vez.
El problema es decir “sí” siempre y no mover un dedo.
La viña no se trabaja con decretos, ni con condenas, ni con exclusiones. Se trabaja con vidas entregadas. Y esas vidas casi nunca están en los palacios. Están en los márgenes. En los que no cumplen del todo, pero no han dejado de intentarlo.
Esta parábola no acusa a los pecadores.
Acusa a los que han hecho del poder un sustituto de la verdad.
Porque cuando la Iglesia se organiza alrededor del control y no del servicio, alrededor de la norma y no de la vida, alrededor del privilegio y no del riesgo, entonces se parece peligrosamente al hijo que dijo “sí”… y nunca fue.
Y la pregunta final no admite escapatoria:
cuando el Padre vuelva a mirar la viña,
¿a quién encontrará trabajando?
¿a los que hablan en su nombre…
o a los que, sin palabras, han cargado con el peso del día?

