Manifiesto: Matrimonios y Viudos en la Vida Monástica
El Espíritu sopla donde quiere...
Mi esposa y yo sentimos, desde hace tiempo, una llamada interior que ha ido creciendo con serenidad y convicción: la vocación a vivir la vida monástica desde nuestra realidad matrimonial.
No como una idea pasajera, sino como un camino concreto de entrega, oración y servicio. Una forma de vida que une lo que hemos vivido con lo que aún podemos ofrecer, en comunión con Dios y con la Iglesia.
La vida monástica ha sido durante siglos un pilar silencioso de la Iglesia: lugar de oración constante, de trabajo humilde, de fraternidad profunda. Hoy, muchos monasterios enfrentan una realidad difícil: comunidades envejecidas, vocaciones escasas, y en algunos casos, espacios que han quedado vacíos. Esta situación nos interpela, y sentimos que Dios puede estar abriendo una nueva puerta.
Creemos que el Espíritu Santo está despertando una vocación nueva, sencilla pero firme: la posibilidad de que matrimonios y viudos, en la madurez de su vida, puedan integrarse plenamente en la vida monástica. No como colaboradores externos, ni como simpatizantes, sino como miembros reales de la comunidad, compartiendo el día a día con oración, trabajo, silencio y fraternidad.
Esta vocación no pretende alterar la tradición, sino servirla, sostenerla y prolongarla. Nace del respeto profundo por quienes han consagrado su vida en los monasterios, y del deseo de ayudar a revitalizar comunidades existentes o, cuando sea necesario, repoblar monasterios que han quedado vacíos, para que no se pierda el tesoro espiritual que guardan.
Quienes respondan a esta llamada deben ser autosuficientes económicamente, ya sea por pensión, ahorros o por un trabajo compatible con la vida monástica. No queremos ser carga para la Iglesia, sino manos que ayudan, corazones que oran y vidas que se entregan para seguir construyendo el Reino de Dios desde la sencillez y la comunión.
Esta vocación no exige votos oficiales, pero sí un compromiso serio, libre y maduro. Una entrega auténtica, vivida desde el amor conyugal o desde la fecundidad de la viudez, en obediencia, estabilidad y vida comunitaria.
Sabemos que esta propuesta debe ser discernida con prudencia, en oración y en comunión con la Iglesia. Por eso, creemos que debe ser considerada por el obispo, junto con las comunidades monásticas y quienes acompañan la vida consagrada. Nos ponemos humildemente a su disposición, abiertos a lo que se nos indique, con total respeto y disponibilidad.
Y con todo lo que somos, con todo lo que hemos vivido, mi esposa y yo entregamos nuestra vida a esta vocación.
La ponemos en manos de Dios y de la Iglesia.
Con sencillez, con alegría, y con la esperanza de que, si esta llamada es verdadera, dará fruto.
Aquí estamos. Para servir. Para orar. Para vivir como monjes. Para siempre.


