La Ley que no construye... no es Ley
El juicio ya había concluido.
No quedaba nada por decir.
Las pruebas eran incontestables, los testigos unánimes, los hechos evidentes. Todo estaba correctamente ordenado. Todo había seguido el procedimiento. Nada fuera de lugar.
Yo permanecía de pie en medio de la sala, con las manos temblorosas y el alma desnuda.
El juez —un hombre recto y honesto, de esos que creen profundamente en la ley— había dictado sentencia con voz grave:
Culpable.
La ley era clara.
Yo la había violado sin excusa posible.
La pena máxima.
La muerte.
Sin apelación, sin conmutación, sin resquicios.
Acepté la sentencia.
Sabía lo que había hecho. Sabía quién era. Sabía que no había escapatoria.
Y, en el fondo, entendía al juez.
Él solo había hecho su trabajo.
Había aplicado la ley como siempre se había hecho.
Como creíamos que debía hacerse para que el mundo no se desmoronara.
El juez, con tristeza en los ojos —no con odio—, levantó el mazo para cerrar el caso.
Y entonces ocurrió.
La puerta del fondo se abrió con un sonido suave, casi imperceptible, pero suficiente para que toda la sala se volviera hacia ella. Entró un hombre que nunca había visto. Su presencia era luminosa e imponente, pero no intimidante. No venía a romper nada. Venía a poner luz.
Su rostro tenía la serenidad de quien conoce la verdad sin miedo
y la bondad de quien ama sin condiciones.
Caminó hacia el estrado con paso firme.
Nadie se atrevió a detenerlo.
Nadie preguntó quién era.
El juez, al verle, se levantó de inmediato y le hizo una reverencia.
Como si, de pronto, comprendiera que toda su vida había servido a algo…
pero que ese algo era mayor que él.
El desconocido tomó su lugar.
Se sentó en el estrado y la sala entera quedó en silencio.
Me miró… sin culpabilizarme…como si me conociera más que yo mismo…
Entonces habló.
Su voz era suave y poderosa a la vez, como un río que no necesita gritar para arrastrar.
—Yo conozco a este hombre.
Le vi nacer, escuché sus primeras palabras, me alegré con sus alegrías y le acompañé en sus desdichas.
Yo estaba a su lado cuando caía y cuando volvía a levantarse,
cuando se sentía fuerte y lleno de vida
y cuando se rompía por dentro.
Le vi esforzarse por cumplir.
Le vi tomarse la ley en serio.
Le vi exigirse más que a muchos otros.
Y le vi perecer en el intento.
Le vi cargar con la culpa,
convencerse de que, si no cumplía, no merecía ser amado.
Por el poder que se me ha concedido —un poder que está por encima de hombres, de principados y de potestades— declaro:
La ley que condena a este hombre quedará anulada ahora mismo,
a menos que haya alguien en esta sala que nunca la haya transgredido.
Daos a conocer.
Que vengan a mi lado todos aquellos que:
nunca han herido a nadie con la palabra,
siempre han perdonado las ofensas,
jamás han juzgado a su prójimo,
nunca han callado una verdad por miedo,
siempre han hecho el bien cuando podían
y han amado a los demás como a sí mismos.
Nadie se movió.
Entonces Jesús continuó, con una claridad tranquila, casi compasiva:
—La ley os muestra el bien…
pero no os da fuerzas para vivirlo siempre.
Os enseña el camino,
pero no os sostiene cuando tropezáis.
Y cuando caéis,
os deja solos con vuestra culpa.
Si todos falláis,
ninguno puede usarla para condenar a otro.
Hizo una pausa breve, dejando que cada uno recordara sus propios intentos,
sus propios silencios,
sus propias grietas.
—Una ley que nadie puede cumplir
no puede seguir rigiendo la vida de los hombres.
Un murmullo recorrió la sala.
El juez bajó la cabeza.
Los guardias se miraron sin comprender.
Yo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
¿Cómo podía anularse una ley tan clara?
¿Cómo podía borrarse una sentencia tan justa?
¿Cómo podía un culpable quedar libre?
El juez se levantó y se marchó.
Como quien por fin puede dejar de cargar con un peso que nunca fue suyo.
Uno a uno, todos los presentes hicieron lo mismo, hasta que quedamos solos Jesús y yo.
Él me miró, y pude verme reflejado en sus pupilas.
—¿Dónde están los que te acusaban?
—No están, mi Señor —respondí con la voz temblorosa por la emoción.
—Así es.
Y al marcharse, han dejado atrás la ley que los mantenía prisioneros a ellos también.
Luego se acercó y dijo:
—Ven conmigo.
A partir de ahora tú serás para mí hijo
y yo seré para ti padre.
El abismo no volverá a gobernarte.
No vivirás más desde el miedo a fallar.
Te daré largos años, bendeciré tus campos, bendeciré a tus hijos y a tu descendencia.
Serás padre de pueblos numerosos.
Y dondequiera que se proclame el Reino de Dios,
se recordará este momento.
Porque hoy ha entrado la salvación en el mundo.
Hoy la antigua ley ha terminado su camino.
A partir de ahora regirá la única ley que transforma desde dentro,
la única que construye sin aplastar,
la única que da fruto abundante:
la ley del amor.
Gratis lo recibes.
Gratis lo darás.
Entonces se dirigió a la salida.
Se volvió, me miró y me dijo:
—Sígueme.

