Judas Iscariote no era tan malo.
Durante mucho tiempo, Judas había caminado al lado de Jesus. Había oído palabras que ensanchaban el corazón. Había visto enfermos levantarse. Había visto a gente llorar y volver a reír. Había visto pan multiplicado, miradas que perdonan, muertos que vuelven a la vida. Pero todo eso no le bastaba.
Porque Judas esperaba que Jesús hiciera realidad su sueño de libertad.
Para ello, necesitaba un Mesías que pusiera las cosas en su sitio y que hiciera justicia por la fuerza bruta. Judas podía tolerar la ternura… mientras condujera al triunfo.
Pero había una idea que lo perseguía y que no lograba acallar:
“¿Y si Jesús acaba fracasando?”
Ese pensamiento lo atormentaba, porque para él lo más importante era su ideología, sus planes de liberación, y Jesús hablaba de amar al enemigo, de perder la vida para encontrarla, de poner la otra mejilla…
Él quería librarse de la opresión de los romanos y estaba convencido de que Jesús lo podía conseguir con su poder divino. Pero Jesús iba en otra dirección: se acercaba a los pobres, a los impuros, a los desechados por el sistema. Judas quería una revolución y su maestro buscaba algo completamente distinto.
Hasta que finalmente comprendió: Jesús no iba a demostrar nada con ningún superpoder. Iba hacia el desastre absoluto, a la derrota, a la cruz.
Eso fue más de lo que podía soportar.
No concebía un Dios que diera su vida por los hombres, un Dios que no alzara el cetro de su poder y exterminase a sus enemigos.
Y tomó una decisión que se parecía mucho a la del ladrón malo, pero con traje de discípulo: «Si no haces lo que quiero, te forzaré». Estaba más que convencido de que, una vez arrinconado, a Jesús no le quedaría más remedio que actuar; entonces, por fin, echaría mano de los ejércitos celestiales.
Lo entregó, y se quebró por dentro…Y esa herida lo acompañó en cada paso.
La noche de la entrega Judas caminó hacia el huerto con una antorcha delante y una sombra detrás. Los soldados iban con él, pero él estaba solo, como todo traidor. Y entonces vio a Jesús.
Y se dio cuenta de algo que lo conmocionó: estaba esperándolo.
Fue un momento durísimo, el instante en que Judas entendió que Jesús estaba dispuesto a ser entregado. Que no iba a echar mano de ningún poder divino, que no iba a librarse. Entendió que acababa de entregar a la muerte a su amado amigo.
Se acercó. Y le dio un beso. Quiso que fuera este el signo para que Jesús entendiera que lo hacía por su bien y el del pueblo judío, con la seguridad de que Jesús mismo no permitiría ser apresado y destruiria a todos. Pero ahora ese beso llevaba una intención añadida: perdóname maestro, porque acabo de entender que lo que he hecho ya no tiene arreglo.
Jesús lo miró y le habló como a su amigo querido. Lo sabía todo. Jesús no solo no lo convirtió en monstruo sino que no dejó de amarle..
Y cuando lo prendieron, Judas se quedó allí un segundo, viendo que efectivamente el plan no salía como esperaba. No hubo rayo. No hubo ejército de ángeles bajando. No hubo despliegue. Jesús se dejó atar.
El corazón se le partió en mil pedazos, y entró en una profunda desesperación.
La culpa lo abrumaba y devolvió las monedas, unas monedas que tan solo habían sido un señuelo para que los fariseos no sospecharan el verdadero motivo por el que lo entregaba: que no sospecharan que, en realidad, iban a morir víctimas de la ira divina en el momento en que lo prendieran.
Pero eso no le hizo sentirse mejor, en absoluto. Y cuando vio que el daño era irreversible e irreparable, descendió al peor de los infiernos. Habia condenado a la tortura y muerte a su amado maesrro. Y decidió borrarlo todo desapareciendo.
Judas es el retrato de la desesperación que no acepta ser amado al extremo, sin límites.
No es “el malo” para que los demás nos sintamos buenos. Es el espejo de una tentación muy común: querer un Mesías útil, que se adapte a nuestras necesidades.
El Paraíso empezó precisamente cuando un condenado escuchó “hoy estarás conmigo…”
Y la tragedia de Judas es que, aun teniendo esa palabra cerca, se convenció de que no era para él.
Señor, cuando me parezco a Judas y me pierdo en mis propios planes,
cuando te exijo que seas como yo quiero,
cuando me asusto porque no entiendo tus caminos,
no me dejes solo.
Cuando me hundo en la culpa y me convenzo de que ya no hay vuelta atrás,
búscame tú.
Recuérdame que tu amor no se retira,
ni siquiera cuando yo me aparto de ti.
Que tu “hoy estarás conmigo” también puede ser para mí,
aunque me cueste creerlo.
Y cuando mi corazón se cierre por miedo,
ábreme un resquicio, aunque sea pequeño,
para que entre tu mirada
y me devuelva la vida.


