Corona de Espinas: Testimonio de un testigo
No sé cuántos años han pasado. A veces me parece que fue ayer. Pero hay días —cada vez más, ahora que soy viejo— en los que la escena vuelve entera, como si el patio siguiera allí, con su polvo, su calor y ese silencio que nadie quería reconocer.
Yo era joven entonces. Joven e inconsciente. En el cuartel no había espacio para pensar demasiado. Nuestro trabajo era obedecer las órdenes, fueran las que fueran. O eso nos repetíamos.
Aquel día me tocaba guardia en el patio. Nada especial. El sol caía fuerte y los hombres estaban más cansados de lo habitual. Había un preso nuevo que, a primera vista, no parecía peligroso.
Uno de los muchachos dijo algo que tuvo consecuencias dolorosas para el pobre hombre:
—Dicen que se hace llamar rey.
Todos nos reímos.
Había unas ramas secas tiradas junto al muro. Uno de los soldados las recogió y empezó a trenzarlas sin pensarlo demasiado. Cuando terminó, me quedé helado: aquello no era una corona, sino un casco de espinas gruesas y afiladas.
Se la pusieron sin aviso con un gesto rápido. Las espinas entraron en la piel con un sonido que todavía escucho cuando cierro los ojos. Él no se quejó. Solo cerró los ojos un instante y apretó la mandíbula.
La sangre salió enseguida. Fina, lenta, bajando por la frente.
Le echaron un trapo viejo sobre los hombros. Le pusieron una caña en la mano. Le ordenaron mantenerse firme. Él lo intentó. Le temblaban las piernas, pero no cayó.
Hubo risas. Uno se arrodilló exagerando el gesto. Otro lo imitó. Pero las cosas no llegaron más allá. Creo que en el fondo, a ninguno de nosotros le gustaba lo que estábamos haciendo.
Me quedé mirándolo sin darme cuenta.
Él levantó la vista y, durante un segundo, sus ojos penetraron en mi alma. Sentí que me conocía, como un padre conoce a su hijo.
Me quedé inmóvil, intentando entender qué había ocurrido.
Cuando lo sacaron del patio, nos quedamos quietos unos segundos. Nadie dijo nada. Luego cada uno volvió a lo suyo. El día siguió igual. Pero yo no.
Pasaron los meses. Después, los años. Cuando terminé el servicio, me alejé de todo y me instalé en un pueblo pequeño, junto al mar. Allí trabajé en lo que podía: descargando barcos, remendando redes, ayudando en cualquier tarea que apareciera. Y la imagen volvía una y otra vez. A veces era el tacto áspero de las espinas entre los dedos. Otras, la respiración cansada del hombre o el silencio extraño que se hizo en el patio aquel día. Pero lo que más me perseguía eran sus ojos. Esa mirada breve, directa, que parecía atravesarlo todo.
Mucho tiempo después, escuché a unos viajeros hablar de él. Lo llamaban maestro. Decían que había muerto injustamente y que, de algún modo que yo no comprendía, seguía vivo. Me quedé escuchando desde un rincón, sin atreverme a intervenir.
Otro día, en una taberna, un hombre contó la historia completa de su muerte. Cuando llegó el momento de la corona, sentí que me faltaba el aire. Me quedé inmóvil, como si el patio volviera a abrirse ante mí.
Cuando terminó, me acerqué. Solo me salió un murmullo:
—Yo estaba allí.
El hombre me sostuvo la mirada durante un largo instante, en silencio. Y me dijo algo que me desarmó:
—Entonces hace tiempo que lo conoces.
No supe qué contestar. Pero era verdad. Lo conocía. Lo conocía porque un día, en un patio cualquiera, me miró de una forma que cambió mi vida para siempre.
A veces pienso que él no vino a transformar el mundo de golpe. Vino a tocar vidas concretas. Una por una. Y yo fui una de esas vidas.
Y sigo viviendo con eso.
Con esa memoria.
Con esa herida que, de algún modo extraño, se volvió camino.
---
Señor…
a veces creo que olvidé aquel día,
pero basta cerrar los ojos
para que tu mirada vuelva entera.
No sé por qué me tocó estar allí,
ni por qué me miraste así,
como si me conocieras desde siempre.
Solo sé que desde entonces
ya no pude ser el mismo.
He vivido muchos años,
pero esa herida tuya en mi memoria
sigue siendo luz.
Sigue siendo camino.
Quédate conmigo ahora,
en este tramo final,
como te quedaste entonces,
silencioso, herido,
y sorprendentemente cercano.
Y cuando llegue mi última hora,
mírame otra vez así,
aunque sea un instante,
y que ese instante baste
para saber que vuelvo a Ti.


